Ayudín

Nuestro apartamento nunca había tenido una máquina de lavar platos. Bueno, al menos no una que encendiese desde hace algunos años. En una esquina de la cocina se encontraba un dispositivo entre amarillento y verdoso, que asumimos mecánico, sólo acumulaba polvo y jamás ha sido encendido por alguno de nosotros. La leyenda de su inutilidad relata que desde hace dos generaciones de residentes anteriores nunca ha sido usada.

Recientemente el agente encargado de “gerenciar” nuestro apartamento, tomó la decisión de reequiparlo parcialmente. Una mañana de colchones nuevos, reparaciones y la instalación de una blanca y brillante dish washer como cereza del pastel. Emails de agradecimiento al responsable de nuestra parte por la noche.

Recordé un episodio de hace un par de años que me sucedió en la cocina del trabajo.

Mientras empiezo a deslizar la esponja por el plato que acabo de utilizar una voz me dice:

-¿Y por qué no usas la máquina en vez de restregar los platos?

Dos verdes ojos confundidos pero con curiosidad auténtica por mi accionar me dirigen la palabra.

Una sonrisa floja se proyecta en mi rostro. De ésas que les das a las personas que aún no conoces bien y por las que, al estar por la vereda una tarde cualquiera, no paras de caminar para saludarlas  pero les lanzas una mirada y una sonrisa a medias mientras asientes con la cabeza.

-No, es que a mí me gusta hacerlo así.

Mentira. Si mi hermana, estuviese leyendo esto seguramente que explotaría de risa.

Y es que para mí, como para muchas personas de donde vengo, se nos hace una experiencia futurista el funcionamiento de la máquina. En Perú, para mí, lavar platos contaría normalmente con la siguiente escenografía: Un delantal de cocina. El que yo usaba tenía caricaturizados animales de granja en él. Salsa y reggaetón a todo volumen saliendo del equipo de sonido de la sala para amenizar la tarea. Ayudín, el lavavajilla por excelencia, untado en una esponja verde que deberá deslizarse por cuanto utensilio, sartén y olla se cruce por su camino.

Ese día, en Budapest, como era de esperarse, la excitación colectiva dentro del apartamento estaba a su tope. Cervezas por la noche en son de celebración son planificadas desde la mañana por nuestra nueva adquisición. Una máquina de lavar platos nueva.

Tres semanas después: un desenlace de tres latinos que aún usan la esponja en la cocina. Ninguno sabe aún cómo usar la máquina.

¿Alguna vez te ha pasado algo similar?

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