Nunca sabremos cuándo será

Esa mañana me dediqué a observar cómo los recuerdos hacían una fila al salir desde lo más profundo de mi cabeza. Recordé que él me reñía si sacaba las cosas de su lugar en el taller de su casa. Recordé que cuando tenía aproximadamente 6 años él fue la primera persona que vi al abrir los ojos después de una operación que tuve, me estaba cargando en sus brazos. Recordé el saludo que me dio cuando estaba en una feria escolar, lo recuerdo porque mi compañero me dijo: Wow, tu abuelito es como el señor Miyagi de Karate Kid. Recordé que me mostraba su libreta con los poemas que había escrito en el pasado (Sólo hay una de la cual recuerdo su título, La Mujer y el Mar, dedicada a mi abuela). Asumo, que de alguna forma, el placer de escribir lo heredé de él. Recordé que me dijo que él también se sentía parte de la ciudad en la que vivía, de Tacna, a pesar de no haber nacido ahí y haber nacido en otra, Trujillo (Irónicamente años después me pasaría algo similar con Tacna y Arequipa). Recordé que ya tenía buen tiempo diciéndole a él y a mi viejo que conocería Trujillo pronto, que estaba esperando las próximas vacaciones o tiempo libre. Recordé, también, que le había dicho que cuando regrese de mi viaje a Argentina iríamos al norte, a su tierra, para conocer a todo ese tronco y ramas de la familia que aún yo no conocía.

Y que, de hecho, aún no conozco.

Al regresar de Argentina me enfoqué en preparar mis papeles y maletas para mi nuevo trabajo en Budapest, fue tan repentino que sólo tuve una semana para hacerlo. Para cuando me di cuenta que aún no conocía el norte, ya me encontraba viviendo fuera unos meses. De todas formas podemos ir cuando regrese. Sí sí, todo chévere, pensé.

Esa mañana comenzó como de costumbre, cancelando las 3 alarmas diarias de las 6:00, 6:05 y 6:15 previas al ritual de preparación para alistarme e ir al trabajo. Y ahí estaba yo, revisando mi celular, leyendo mensajes de familiares míos que en ese momento carecían de lógica, pero que la iban obteniendo conforme leía y leía.

Hasta que llegué a un post de Facebook de un tío. Enterándome a más de 11380 kilómetros de distancia de mi familia, y gracias al poder de las redes sociales, que mi abuelo había fallecido.

Sentimientos encontrados.

Yo nunca fui tan cercano a él, tampoco compartimos incontables eventos juntos. Sin embargo, el impacto que tuvo la noticia en mí fue paralizante. Horas más tarde ninguno de los emails que veía en mi bandeja de entrada tenía sentido, así que pedí permiso para ir a casa.

No tenía idea de qué pasaba. Influenciado por la distancia caí en cuenta del peso de la –hasta ese momento para mí- común afirmación que la vida es fugaz, era cierta.

Personalmente no creo que haya una regla de oro para pasar el tiempo con la familia y con amigos. Pero sí sé que la distancia añade un efecto de lupa al apreciar memorias del pasado. Memorias como tu tío ayudándote con matemática, tu otro tío enseñándote a manejar bicicleta, tu hermana haciendo panqueques y dándote la mitad de lo que preparó, por mencionar algunas.

Y es que en retrospectiva todo momento es valioso. Nunca sabremos cuándo será la última vez que veremos a una persona, lo mejor que podemos hacer es no caer en el remolino de las excusas e intentar vivir tantas vivencias podamos con la gente que apreciamos ¿Y por qué no añadir un te quiero, gracias, y disculpa cuando lo sintamos?

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